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Un paisaje para mi poema

Cuando pienso en el proceso de escritura tengo un serio conflicto con aquella palabra, proceso, porque se me viene a la mente una fábrica en la que la fruta entra y luego sale enconfitada dentro de un bello paquete con letras brillantes. Después, me imagino a un hombre diabético que cuenta las calorías de fructosa que la pulpa en cuestión puede contener. Los alimentos procesados y ultraprocesados están en todas partes: en los supermercados, en la televisión, pero, sobre todo, están en el tiempo. El tiempo que nos tomamos para todo, el tiempo para elegir, para almorzar. Cocinar con alimentos procesados, con semillas artificiales, con carne sazonada con hormonas que provocan que los pobres animales crezcan más rápido, mueran rápido y, en un santiamén, pasen al proceso. Violentamente, se transportan a los hipermercados, se compran, se cocinan y se devoran a centelladas porque es la hora de regresar a laborar. Una cadena de hechos apresurados: así me siento cuando pienso en la palabra proceso. Ahora, los procesos también pueden tener otros ritmos, otras temporalidades. Por lo general, esto ocurre cuando hablamos del arte en general.

Cuando escribo poesía, no pienso en el tiempo; este es un factor ajeno para mí. No tengo que cumplir con pasos elaborados que sostienen una cadena de consumo. El poema atiende o, mejor dicho, crea un mundo de significaciones propio. En él, uno puede nombrar, metaforizar, comparar, oximorar, etc.; pero, sobre todo, puede detenerse. A diferencia de la novela o la narrativa en general, donde siempre están pasando cosas, en el poema puede no ocurrir nada. Se asemeja al transitar, al viaje en un tren; la máquina se mueve, pero uno se queda sentado consciente del movimiento: en esa vastedad uno sabe que están sucediendo miles de cosas, pero no necesita imaginar por separado esas historias y hechos. En vez de eso, el acto poético consiste en acallar todas esas voces y escuchar; darle al otro ser —animado o inanimado— una forma de existir en el mundo. Esta pasa estrictamente por el lenguaje, por el sentido que, como seres humanos, les damos a nuestros afectos y a los de los demás. Aquí, «los demás» significan naturaleza, ecosistema, materia, universo. Es por esto que, cuando pienso en mi proceso para escribir poesía, pienso primero en ese otro que puedo ser yo mismo cuando escribo: el niño, el visitante, el migrante, el desplazado.

Aquí me gustaría detenerme en la interpretación que Platón plantea en La República sobre la figura misma del poeta. En los libros II y III, Sócrates distingue entre la narración simple (diégesis) y la narración imitativa (mímesis). Lo que le preocupa no es solo que el poeta copie la realidad, sino que, al recitar, se convierta en otro. Habla como un anciano, como una mujer, como un esclavo, como un tirano, como un loco, como un cobarde. Esa capacidad para asumir múltiples identidades es precisamente lo que Platón considera peligroso para la educación y el orden de la polis.

Según esa conceptualización, los ciudadanos no deben acostumbrarse a imitar caracteres inferiores, porque la imitación termina convirtiéndose en hábito y el hábito, en carácter. Es decir, representar algo no es un acto inocente: transforma a quien representa. Si llevamos esa idea a un plano político, aparece algo muy sugerente. La República está construida sobre el principio de que cada individuo debe desempeñar una única función: el artesano fabrica, el soldado protege, el gobernante gobierna.

Desde esa perspectiva, el poeta no solo rompe el orden estético, sino también el orden político de la ciudad. Es alguien que demuestra que una persona puede contener muchas personas. Y esa posibilidad resulta profundamente subversiva para una sociedad cuyo equilibrio depende de que cada ciudadano sea una sola cosa. En el mundo del proceso como acto vital y de consumo, la escritura poética se me revela como una oportunidad para sentir y subvertir el orden de las cosas. Después de todo, el poema no expresa las cosas como son, sino como la voz poética cree que deberían ser. En mi caso, me gusta pensar en el poema como un horizonte vivo: el horizonte como generador de distancia entre el ojo que mira y el objeto; y el lenguaje como instrumento de visión, de enfoque de un mundo que se hace familiar, conocido. Porque las palabras hacen eso: resignifican la lejanía y nombran eso desconocido que también nos desconoce. Elijo escribir sobre algo porque lo siento lejano, pero, al mismo tiempo, con la posibilidad de asirlo. Siento que flota en un paisaje. Acercarme a eso conlleva una exploración de todas las capas que rodean ese objeto. A pesar de lo que otros puedan pensar, escribir un poema es el acto más concreto: no escribo de lo que siento, sino de lo que veo, de lo que genera la imagen: la luz, la escena de un padre despidiéndose, una montaña, un árbol. Todas estas imágenes son concretas, están en el mundo, existen. Escribir un poema siempre es el intento de comprender, el intento de acercarse, de empatizar más allá de lo que podamos o no sentir.

También concibo la escritura poética como un acto fisiológico. Siempre escribo pensando en la respiración, en cómo las palabras marcan una pausa entre el acto de exhalar y aspirar. Estoy cómodo con lo que escribo cuando siento un equilibrio, cuando las letras forman un ejercicio de recorrer el lenguaje, no de encerrarlo en una carrera de velocidad. El apuro, la velocidad, nunca estarán en la composición del poema; este es lento por naturaleza, le gusta esperar. Respiro el poema porque él también me respira. Cuando puedo tener esta experiencia, sé que el texto está listo. Muchos poetas y escritores hablan de dejar reposar lo que uno escribe durante un tiempo. Para mí, esta es una práctica fundamental. Cuando se asevera que hay que esperar a que el texto madure, en realidad es un eufemismo para decir: «Voy a esperar a que este poema se distancie de mí; necesito verlo desde otro mirador. El poema no cambia, nosotros sí». Así, cuando me alejo de lo que escribí y puedo leerlo, y al hacerlo puedo respirar con aquel ritmo con el que lo creé y lo dejé reposar, entonces, solo ahí, puedo saber que está listo.

¿Y si no lo siento listo, que es lo que ocurre la mayoría de las veces? Trato de hacer un trabajo de carpintería: pruebo ritmos, palabras, respiraciones. En una ocasión escuché a un poeta que respeto mucho decir que en la poesía no hay sinónimos. Estoy de acuerdo. Muchas veces, el poema exige un tono en particular, una palabra que conduzca el texto hacia otra dirección. La precisión cuando se escribe un poema es notable. Al fin y al cabo, en mi caso, el poema no es un fin, sino un medio para decir algo que la experiencia humana ha contemplado. El lenguaje define el hecho poético, pero también lo limita; en esa ambigüedad vive la poesía.

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