«Seré yo, será el silencio, allí donde estoy, no sé, no lo sabré nunca, en el silencio no se sabe, hay que seguir, voy a seguir».
Samuel Beckett, El innombrable
«Tuvo suerte ese chino de haberse largado por donde vino. Con Ulises estuvimos a punto de denunciarlo a la policía por sodomita. Ahora que desapareció el autor, debemos ocuparnos de la obra…».
Correspondencia entre Euler Granda y Humberto Vinueza
Escribir no es una pesadilla. No es un peso. Ni un sacrificio. Lo que en realidad duele, pesa, es el momento en que uno descubre, con bastante horror —hay que reconocerlo—, que puede escribir, que no puede dejar de hacerlo, pero que jamás lo hará realmente bien. Soy como aquel jovencito que, ilusionado, consigue una guitarra y sueña en que un día será un verdadero músico. Practica día a día con constancia y empeño. Los años pasan lentos, secretamente tormentosos. El joven, hombre ya, se resigna a tocar con cierta pericia y pocos errores. Saca su guitarra en cumpleaños y ocasiones especiales. Y para poco más. Nunca llegará a ser un músico. En soledad, intenta mejorar a pesar de que sabe bien que ha llegado a su límite.
Llegué a las estrechas fronteras de mi escritura hace unos años. Me explico. Puedo hacer que las palabras se junten unas con otras como si fueran bloques de concreto, grises y pesados, hasta formar una pared más o menos homogénea. Los escritores y las escritoras que admiro, en cambio, logran que cada palabra se entrelace con la siguiente en musical, a veces violenta, cópula. Como ven, no logro expresar lo que siento y pienso con fluidez. Las imágenes que tengo en la cabeza no se traducen a palabras con efectividad. Fallo, me frustro, corrijo y, por último, descarto. No debería escribir y, sin embargo, lo hago: mi cabeza tostada por el implacable sol de la mediocridad.
Me he llegado a avergonzar de algunos pensamientos que escribo y que simulan profundidad, pero que en el fondo no dicen nada. Entonces me oculto detrás de un alter ego llamado Heriberto Igumi, un paraguayo bisexual de ancestros japoneses que llegó a Ecuador a fines de los años cincuenta como parte de una delegación diplomática. Escritor de segunda categoría pero hablador, dicharachero y conquistador, publicó la mayor parte de su obra con el auspicio de Benjamín Carrión. Si bien al inicio fue incluido en los escasos círculos intelectuales de la ciudad, terminó siendo unánimemente odiado debido a su propensión a meterse en relaciones amorosas solo para despedazarlas, disfrutar unos meses con su nueva pareja, hombre o mujer, para luego dejarla por un nuevo amor. Los tzántzicos, en sus años postreros, se ocuparon de destruir la mayor parte de su obra (movidos quizá por la envidia, los celos, el odio o alguna lacrimógena agenda nacionalista) después de que Igumi recibiera las cartas de un antiguo amor que vivía a las afueras de la ciudad de Santa Fe, Argentina, y se largara del país. Heriberto solía hablar tanto de ella que la mayoría de escritores pensaba que era una mujer inventada.

En los archivos de la Biblioteca Aurelio Espinosa Pólit aún quedan noticias de aquellas épocas en donde constan nombres y fragmentos de las obras de Igumi que sobrevivieron a la depredación de sus colegas ecuatorianos. Una de ellas, de mayor difusión, se titulaba Cartas que me envío a mí mismo. Se trataba de una colección de falsas epístolas que tenían al paraguayo como emisor y receptor; es decir que estos manuscritos no eran más que pretextos para lanzar unas parrafadas que trataban temas diversos. Aquí transcribo una en la que habla acerca de la amistad:
Quizás la mayor desgracia de la adultez es que ese continente que alguna vez fue la amistad, poco a poco, de forma inexorable, se comienza a desmigajar. Lo que durante la niñez y la primera juventud fue una Pangea, poco a poco se convierte en un archipiélago; en cada isla, una persona separada de otras (¡durante años se sintieron tan unidas!) por un océano ciertamente oscuro. Hay quienes se esfuerzan por visitar a los otros en sus islotes de vez en cuando. Construyen balsas, puentes y faros; al final todo es en vano. Los pedazos de tierra se alejan con lentitud, las distancias se vuelven más grandes y quienes alguna vez compartieron tanto terminan sin poder verse más, separados por la niebla salina, por los mares de la soledad.
Se han recuperado fragmentos incluso menos logrados, como este:
… Después de contarle lo que le conté, X se recostó en la banquita del parque. Tras unos minutos de silencio, y sin enojo, concluyó: «Usted es un pornógrafo emocional». Se marchó. Cavilé varios días alrededor de estas palabras. Creo que X se refería a que hay gran diferencia entre desnudarnos afectivamente frente a alguien (o dejar que intuya qué ocurre en nuestro interior) y obnubilarlo con nuestras pasiones desbordadas, propias de las telenovelas, que lo único que ocasionan es la desaparición precoz de quien las ha provocado.
En otras ocasiones, H. Igumi parece aventurarse a la creación de aforismos, los cuales requieren de una técnica y de una precisión de las que carece:
Tenemos que dejar la necedad a un lado y sincerarnos. El dolor es el mejor maestro, sus lecciones no deberían olvidarse jamás. Somos nosotros sus malos alumnos; nuestra falta de atención, nuestra impulsividad, nuestras ensoñaciones propias de torpes adolescentes, son las que nos obligan a asistir a sus viejos seminarios una y otra vez.

Hay noticias acerca de dos publicaciones más de H. Igumi: Apuntes mediocres, cuyo título parece una confesión del autor con respecto a sus limitaciones estilísticas, y del que no se ha conservado nada destacable, y Reflexiones que se me ocurrieron mientras enterraba a mi gato, de donde rescato este extracto:
En un ejercicio de soberbia, solemos intentar manipular a nuestro antojo los mecanismos del olvido, como si este se pudiese activar y desactivar a voluntad, como si se pudiese domar. Mientras más nos repetimos: «Me quiero olvidar de X o Y», más nos alejamos de nuestro objetivo; las llamas de la hoguera de la memoria solo se avivan con estos insensatos mantras. Nuestro único consuelo: la bendición del olvido llegará un día, en silencio, y entonces dejaremos de esperar por esa llamada, ese mensaje, esa visita que desde hace mucho sabíamos que no se volvería a repetir.
Nos hermanan con Heriberto la falta de precisión en el uso del idioma español, una melancolía cansina que puede hartar fácilmente al lector y un sentimentalismo que en ocasiones roza con lo patético. Asimismo, nos unen la ausencia de obra destacable (aunque en su caso, es difícil conocer con exactitud cuántos libros fueron desaparecidos por los tzántzicos). Nos separan, claro, las diferencias en lo que respecta a nuestras vidas amorosas. Igumi se hizo odiar por hombres y mujeres debido a su galantería, su apetito sexual irrefrenable y su falta de compromiso con casi cualquier relación entablada durante sus años en Ecuador. Poco se sabe de la mujer que lo esperaba en Santa Fe, pero debió ser lo suficientemente especial como para que Heriberto dejara todo lo que había logrado en nuestro país que, aunque poco, debió resultar mucho más que lo que consiguió en Paraguay, donde nadie lo conoce.
Algunas entrevistas revelan que a H. Igumi no le importaba su escasa pericia al momento de crear literatura. Los párrafos recuperados son, al menos, sinceros, y no se preocupan por exquisiteces estilísticas. No ocurre así conmigo, pues durante años he intentado transformar sin éxito aquello que reside en mi cabeza y mi alma en palabras. Esto se ha convertido en el germen de una desesperación carnicera que no he confesado sino hasta ahora. Si recurro al fluir de la conciencia, obtengo escritos mediocres e hiperbólicos; si, en cambio, me esfuerzo en el estilo, termino por escribir textos rígidos y sin gracia.

Volviendo al paraguayo, al parecer, únicamente le importaba una mujer con la cual, imagino, habrá pasado cebando mates y amándose frente al Paraná hasta que a ambos se les acabó la vida. Eso, como ya he mencionado, no evitó que durante sus años en Ecuador se acostara con hombres y mujeres del Quito mojigato de la época. En lo que a mí respecta, las falencias en el manejo de la palabra solo son superadas por aquellas que ostento en el ámbito amoroso. No sé qué habrá sido para Igumi ese sentimiento, pero para mí no es más que un mar sin olas. Por eso he decidido renunciar al amor; las ilusiones de las que el sentimiento viene siempre acompañado han perturbado mi cabeza —que suele ignorar que soy ignorado y se empeña, patológicamente, en crear escenarios inexistentes en los que vuelvo a ser tan feliz como cuando conocí los verdaderos aromas de la playa y del mar— y destazado mi alma al punto de que me he convertido en un ser mísero, cuya aura se ilumina con la verde luna de la envidia y el desamor. He olvidado cómo se quiere. He olvidado los sabores de las distintas salinidades del cuerpo de una mujer. He olvidado que no todo siempre es perfecto. He olvidado…
Como Heriberto, me habría gustado escribirle a alguien algo más o menos así como lo hizo él:
Recuerdo cuando despertamos una mañana con los débiles rayos que nos regaló ese sol tibio y egoísta. Nos fuimos humedeciendo poco a poco y, como las semillas, empezamos a germinar. Primero los labios, los cuellos, las bocas. No hubo prisas, no hubo descansos. Cuán generosos son los cuerpos cuando se desean y están dispuestos a compartir amor líquido con el otro, en forma de sudor, de saliva, de fluidos con aromas secretos. Hundí mi cabeza en tu cabellera, densa y oscura. Las manos de cada uno ya sabían qué hacer, no era necesario pensar en cada movimiento. Eran exploradoras de un continente ya conocido, pero que siempre ofrecía algo nuevo. Recuerdo también que jugueteé con algo de fuerza con tu arbusto incógnito, lo halé levemente hacia arriba mientras el resto de tu cuerpo se arqueaba, espiga de trigo combado por un viento fuerte…
Pero no puedo. Sería, curiosamente, una carta que escribo sin un destinatario. Una carta que me escribo a mí mismo. Nada más. Acepto entonces, exhausto, la soledad. Pero lo que no puedo aceptar es el silencio. Soy incapaz de crear una metáfora, apenas una idea, una línea siquiera, que me deje satisfecho. Chapoteo infeliz en el ancho mar de la lengua. Apenas puedo acercarme a la orilla, mientras otros nadan en aguas profundas que nunca alcanzaré. El contacto de mis pies con las espumas de ese mar me extasían, me conmueven. Puedo clausurar el corazón para dejar de desangrarme, pero no logro dejar de expulsar fuera de mi cuerpo mis palabras deformes, contrahechas. En ocasiones me he propuesto no escribir. Me he detenido durante años. Y después, simplemente, continúo. No debería seguir. No tendría por qué hacerlo. No puedo seguir. Voy a seguir.