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Devenir en texto

La transformación de la persona en letras

Dostoievski, luego de estar a punto de ser fusilado en 1849, vivió en el exilio siberiano durante diez años, en un confín físico y espiritual que lo condujo a escribir sus mejores novelas: Crimen y castigo (1866), El idiota (1869), Los demonios (1872) y Los hermanos Karamázov (1880). ¿Qué pudo haber experimentado ahí, en medio de la nada siberiana, que lo transformó tan radicalmente? ¿De qué forma experiencias como la inminencia de la muerte y la reclusión pudieron influir en su escritura?

Se intuyen, al menos, dos órdenes de experiencia que, aparentemente, no tienen nada que ver entre sí. En primer lugar, algo tan poco intelectual como un cuerpo metido en el barro, años de trabajos forzados junto a asesinos, ladrones y campesinos le dieron a Dostoievski un contacto con el pueblo ruso que ninguna tertulia de salón en San Petersburgo, por más revolucionaria que se creyera, le había dado jamás. Fue entonces cuando, según los críticos, llegó a tener la certeza de que ese pueblo estaba a años luz de las ideas revolucionarias que él mismo había defendido de joven, y que su religiosidad era antigua, física, muy anterior a cualquier programa político escrito en un panfleto. En segundo lugar, estuvieron sus lecturas. Ya como soldado raso, en 1854, tirado en Semipalatinsk —un pueblucho de arena en el fin del mundo— Dostoievski se puso a leer, entre otros, a Hegel, el mismo que había tachado a Siberia entera del mapa de la historia universal al hablar de su imposibilidad de incorporarla a la idea de Europa. Esa lectura, se cuenta, lo hirió y, al mismo tiempo, le reveló una nueva verdad. Rusia no era Europa. No una Europa todavía sin terminar, atrasada, condenada a alcanzar tarde o temprano a Occidente en la misma carrera como pensaban los revolucionarios de los que él mismo había sido parte.

De la fricción entre esos dos órdenes, el del cuerpo y la letra, el pueblo y la filosofía, nace, según ha señalado la crítica Mónica Zgustová, la comprensión que Dostoievski alcanzó del alma rusa y que la salvación personal solo es posible atravesando el infierno.

Escribir, nos gusta pensar desde esta humilde revista en el confín ecuatoriano —que es casi más Finisterre que Siberia—, es lo mismo, es atravesar un infierno, ya sea el propio o el de la Historia, mientras se tantea, a ciegas, un lugar en el mundo o, cuando ese lugar no aparece por ningún lado, escribir para dejar constancia de que no aparece. Eso lo entendió, a su manera, George Steiner, que abordó en su obra una pregunta recurrente en la segunda mitad del siglo XX: si el lenguaje, después de las atrocidades del siglo XX, todavía puede decir algo que valga la pena. Ante lo atroz, y ante lo sublime también, decía Steiner, el lenguaje se queda corto, tienta el silencio. Y, sin embargo, seguía apostando por las palabras, por intentar escapar de lo inarticulado.

En Presencias reales, Steiner llevó más allá la idea de la persistencia de la necesidad de la escritura al plantear que toda lectura seria, todo acto de escritura que se tome en serio, es una apuesta a favor del sentido, aunque nada ni nadie garantice que este exista. Nada. Escribir, entendido así, está lejos de ser un refugio o un ejercicio de autoindulgencia (uno puede imaginar qué habría sido de Dostoyevski si, en lugar de sus mejores novelas, hubiera escrito literatura del yo para quejarse de sus 10 años en el infierno), es exponerse frente a algo que todavía no se sabe si se va a encontrar. Por eso toda escritura es, en el fondo, un ensayo en el sentido etimológico de esta palabra (exagium), el acto de sopesar algo sin saber exactamente su magnitud.

En esta edición nos pusimos un poco «meta» y decidimos arrancar esta serie de números monográficos intentando indagar en el ejercicio mismo que aquí nos ocupa. Invitamos a varias personas cuya vida o cuyo trabajo está relacionado de una u otra forma a la escritura, desde oficios y experiencias distintos entre sí. El desocupado lector encontrará reflexiones que van del cruce entre la política y el discurso, la búsqueda de la poesía, la escritura como arte y como memoria personal.

No nos queda claro todavía si una tirada de dados puede abolir el azar, pero nos gusta pensar que la escritura, parafraseando a Borges, nos justifica.

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