A Toby Ziegler, director de Comunicación del Gobierno estadounidense, lo mandan a conversar con unos anarquistas wannabe que montaron un plantón en contra de la Organización Mundial del Comercio (OMC). Todo es off the record, porque la Casa Blanca prohibió a los revoltosos que hubiera cámaras en el lugar de encuentro, ¡y ellos aceptaron! Toby está indignado. Él también fue revoltoso. En su época sabían protestar. Esta gente ni siquiera sabe lo quiere.
Dicho y hecho. En un momento, los anarquistas se ponen a discutir entre sí y Toby aprovecha para salir a fumar, acompañado por una policía que cuida que nadie le lance nada. A ella le ofrece el siguiente monólogo:
—¿Quieres los beneficios del libre comercio? La comida es más barata. La ropa es más barata. El acero es más barato, los automóviles son más baratos, el servicio telefónico es más barato. ¿Te das cuenta de que voy creando un ritmo? Eso es porque escribo discursos; sé cómo plantear un argumento. El libre comercio baja los precios, aumenta los ingresos. ¿Viste lo que hice con baja y aumenta? Se llama «la ciencia de mantener la atención del oyente». Hicimos una repetición, usamos antítesis, y ahora terminamos con uno que no se parece a los demás. ¿Lista? El libre comercio evita guerras. Así de simple. ¡El libre comercio evita guerras! Y ya encontraremos la manera de solucionar lo demás.
Claro como el agua, e incluso se da el lujo de enfocar los hilos del titiritero, los recursos retóricos que mejoran el discurso. De todos modos, cuando minutos después llega un colega del Gobierno, Toby aprovecha para volver a sentirse revoltoso aunque sea por unos segundos:
—Josh, la OMC es antidemocrática y no rinde cuentas a nadie. Las decisiones las toman los directores ejecutivos, y el mundo en desarrollo tiene poco que decir sobre las políticas institucionales.
—¿Qué fue eso?
—Eso es protestar.
Se trata del episodio 16 de la segunda temporada de The West Wing, la que para mucha gente es la mejor serie política de la historia de la televisión. Para mí es la mejor serie (sin adjetivo) de la historia (sin importar el formato). Sí, puede ponerse demasiado idealista por momentos. Puede ponerse también demasiado patriótica, y para patrióticos no hay nada peor que los gringos y su falsa concepción de lo que ocurre en resto del mundo.
Sin embargo, The West Wing me encanta por escenas como esta. Por su claridad. Por lo bellamente escrita. Porque se da el trabajo de presentar el argumento más sólido de cada lado, en cada debate, sin menospreciar ni ironizar. Porque me permite sin mucho esfuerzo introducir un análisis sobre la devaluación de la política y la devaluación de la retórica, que parecen casos separados, pero quizá no tanto como pensamos.
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Canta Serrat que al mundo lo mueve esa gente «que camina más de lo que quiere», esos «sobrevivientes de prisiones y palizas que se dejan guiar por sus zapatos». El tema, «Salam Rashid», es una oda al migrante y su poder de transformación de la sociedad.
Ese poder es atemporal. De Tracia, de Sicilia, del Peloponeso, de la isla de Ceos llegaron a la experimental Atenas del siglo V a. C. unos filósofos-educadores con ideas extrañas. Se los llamó sofistas y, aunque su nombre proviene del vocablo griego para sabiduría, en el colegio me los pintaron como embaucadores, como embellecedores de la mentira.
Atenas era una polis con democracia directa pero bastante pedorra: ni extranjeros ni mujeres ni esclavos tenían voz en los asuntos públicos, y eso que sumaban el 80 % de la población. Los sofistas no llegaron a cambiar eso —nunca pudieron participar en la asamblea, precisamente por extranjeros—, aunque enseñaron a quienes sí eran ciudadanos a serlo mejor. «Traemos un secreto», dijeron con su acento exótico. «Les vamos a enseñar a hablar, a persuadir a sus semejantes», dijeron, arrastrando las erres. «Les vamos a enseñar retórica. Ya van a ver. Es lo máximo».

Retórica: el arte del buen decir; arriba de la tarima es el arte del buen hablar, pero la noche anterior es el arte del buen escribir. La retórica ya existía, por supuesto, pero de repente se había vuelto cotizada. Los sofistas se habían vuelto cotizados. En sus alforjas llevaban un evangelio forjado al calor del camino, de discusiones peligrosas en fondas de mala muerte. Este evangelio escondía el principio que mantiene viva aún hoy a la democracia: la verdad no es algo trascendente, sino que surge de la batalla de argumentos.
Sí, parece una huevada en nuestra época, pero entonces era una novedad. Recuerden que estamos hablando de una era en que los dioses todavía no habían muerto, y esos sí eran influencers con puños llenos de preceptos. Recuerden que no tardará en llegar Platón con sus realidades universales, eternas e inmutables, entre las cuales está por supuesto la Verdad, única y mayúscula. «No», dirán los sofistas, «la verdad no es un ente inamovible, allá lejos en las nubes. La verdad se construye. Y se construye acá, entre nosotros, hablando».
Durante dos milenios, nadie les hizo caso.
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Durante dos milenios prevaleció Platón. Roma —específicamente su primera etapa, la republicana— tuvo pequeños guiños democráticos, y entonces pudieron florecer grandes escritores de discursos, como Séneca el Joven, Tácito y Cicerón («¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia? ¿Hasta cuándo esa locura tuya seguirá burlándose de nosotros?»). Pero Augusto inauguró el Imperio y, con ello, la Verdad única e inmutable del emperador. Más tarde, el feudalismo se encaramó en la Verdad de la espada; la Inquisición, en la Verdad del fuego. Las monarquías proclamaron la Verdad del rey, que llegó a ser absoluta («El Estado soy yo») antes de la invención provisional de los parlamentos.
Pero fueron las ideas de la Ilustración y su posterior materialización en la Toma de la Bastilla las que enderezaron la historia. Así lo explica Richard Rorty en Contingencia, ironía y solidaridad: «»La Revolución francesa mostró que la totalidad del léxico de las relaciones sociales, y la totalidad del espectro de las instituciones sociales, podían sustituirse casi de la noche a la mañana”. La Verdad del monarca se transformó en la Verdad del pueblo, o de quien se suponía que hablaba por el pueblo. Era una Verdad única todavía —y por eso tenemos el período con el nombre más arrecho de la historia: el Terror—, pero dejó sentados principios universales que esta vez no serían tan fáciles de olvidar: soberanía popular, ciudadanía, igualdad jurídica, derechos inalienables, representación política…

El último tramo del camino, como ya contamos en otro lado, fue pedregoso: involucró independencias, el sometimiento de continentes enteros, más independencias, fascismos, dos guerras mundiales, dictaduras, matanzas… No obstante, esas enseñanzas de la Revolución francesa desembocaron a la larga en nuestras democracias liberales, el estadio más maduro (por el momento) al que ha llegado la conciencia política de la humanidad.
Rorty define a la democracia liberal como aquella en la que la verdad es «»lo que llega a creerse en el curso de disputas libres y abiertas”. Si consideramos la totalidad de la historia humana, es una idea absolutamente novedosa, pero, ¿quién lo diría?, se me hace bastante similar a la semilla que plantaron en Atenas aquellos embellecedores de la mentira.
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Los mandamases de Mil Machetes dictaminaron que hablara sobre la relación entre política y escritura, y empecé contando una historia. Si este artículo ve la luz, será porque era pertinente para la conclusión a la que hemos de arribar.
Lo que pretendo con este recorrido es mostrar que el cruce entre escritura y política —condensado en nuestro caso en el discurso político— recién tiene sentido en democracia. «»El sacerdote, el rey, el tirano simplemente actúan”, explica Philip Collins (el periodista, no el cantante). «»En una democracia, el juicio sobre las palabras reemplaza la sabiduría autoproclamada del fiat tiránico. La democracia consagra el argumento antes que al individuo”.
Pero ¿por qué cobran tanta relevancia las palabras? Juguemos un juego llamado «»Metaforizando a Jung”. El fundador de la psicología analítica explica que a la llegada de la conciencia debemos agradecer la existencia de los problemas. Cuando somos niños, instinto y no conciencia, no conocemos los problemas. El instinto, lo más primitivo en nosotros, actúa y punto, sin pausa, sin análisis. Metaforizando a Jung, el instinto es un tirano, dueño de todas las respuestas. Para bien y para mal, no conoce la duda.
Por el contrario, «»allí donde impera la duda hay incertidumbre y la posibilidad de caminos divergentes. Y donde parecen posibles varios caminos, nos apartamos de la guía certera del instinto y quedamos entregados al miedo”. Metaforizando a Jung, eso es la democracia. Millones de voces, idealmente en igualdad de condiciones, que gritan cosas distintas y hasta contradictorias, todas importantes. Minorías a las que asimilar, nos caigan como nos caigan sus costumbres, su vestimenta o la sazón con la que cocinan. Nuevos derechos a consagrar, porque el tiempo no para, las situaciones cambian y cada persona merece, por su condición de persona, una red de apoyo. Problemas sobre problemas sobre problemas. Un jenga de problemas. Eso es la democracia. Eso es la madurez.

En tales circunstancias, la única solución racional es el consenso, el consenso mediante la palabra. A tratar de conseguirlo se han dedicado los discursos políticos más recordados.[1] El «gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo» de Lincoln buscó reforzar la idea de la representación política, bastante nueva en Estados Unidos y en el mundo de 1863, pero también subrayó que «todos los hombres son creados como iguales», un claro intento de cerrar la grieta sobre la esclavitud. Jaime Roldós y su «Ecuador amazónico, desde siempre y hasta siempre» reafirmaba la soberanía sobre su parte del Oriente y, al mismo tiempo, convertía esa reivindicación territorial en un símbolo de identidad nacional.
Pensemos, en cambio, los discursos políticos actuales. Los líderes de nuestra época se enfrentan a una tremenda ironía: gracias a las redes sociales, pueden conseguir con gran facilidad técnica llegar a audiencias ultramasivas que, sin embargo, tienen la capacidad de atención de Dory. ¿Quién se detiene ya a escuchar un discurso, si sin pedirlo le salta en TikTok el recorte del eslogan?
Las burbujas algorítmicas, además, fomentan la partición de las ideologías en dos grandes frentes que ni la Guerra Fría… Los líderes más renombrados del momento son precisamente los que responden a esta lógica. «¿Para qué departir con mi adversario? Seguramente es estúpido, pedófilo o parte de una conspiración». El resultado es que la mitad de los habitantes de sus países los odia y la otra mitad los vota porque odia más a la alternativa. Vale para Noboa, Trump, Milei, etc. Sus discursos, en consecuencia, no buscan la unión de su gente ni la perpetuación de los valores democráticos. Ha pasado la hora del consenso mediante la palabra. Ha pasado la hora del consenso y punto. Hoy es más fácil torcer las instituciones hasta su límite y ver qué pasa.

El discurso político, en suma, está agonizando, como lo está la democracia para muchos teóricos. ¿Cuál es causa y cuál, efecto? ¿La retórica involuciona porque los valores democráticos importan cada vez menos, o los valores democráticos no tienen quién los enuncie con firmeza y recursos?
Yo, por mi parte, me estoy repitiendo The West Wing por tercera vez. No vaya a ser que deje de creer en la democracia y sus posibilidades.
[1] Hitler, Stalin, Mussolini, notemos, no daban discursos políticos, sino demostraciones de fuerza. Sus poderes retóricos y de oratoria eran fenomenales, pero no trataban de persuadir, y menos de unir; para ese cometido usaban a las fuerzas del orden. Solucionaban sus problemas de la manera más instintiva posible: a palazos. Eliminados los desleales, no queda sino un pueblo unido. Sus discursos, repito, no eran políticos. Equivalen a la arenga del general en el campo de batalla, no a la exhortación de un líder de multitudes diversas.