Lo primero que se debe hacer es tomar aire. Tomar aire y saber que la escritura es un acto de creación puro. Yo escribo desde el territorio, desde la tierra, nuestra madre. Nací y me formé en las entrañas culturales del volcán Cotopaxi. Sus profundidades han marcado mi voz como profesor, investigador, comunicador, escritor, cantante y editor. Mi proceso de escritura no comienza frente a una pantalla, sino en el encuentro con la gente, con la memoria oral, con los caminos, con las ferias, con los silencios de las comunidades y con las preguntas que deja la vida cotidiana en los pueblos andinos.
Cuando escribo no separo del todo la investigación de la creación. Mi trabajo académico y mi dedicación a la metodología científicas me han enseñado que toda buena escritura nace de observar con atención, formular preguntas y ordenar la experiencia sin quitarle su humanidad. Por eso, antes de redactar un texto, escucho, observo, investigo: atiendo a los estudiantes, a los mayores, hatun taytas y hatun mamas, a quienes conservan la memoria de una fiesta, de una práctica agrícola, de un canto o de una costumbre que parece pequeña, pero que contiene una visión completa del mundo y su cosmovisión ancestral.
Entiendo la escritura como una forma de mediación. No escribo solo para decir algo, sino para tender un puente entre el conocimiento académico y los saberes ancestrales que durante mucho tiempo han sido marginados o considerados secundarios. En esa tarea, cada palabra debe procurar un equilibrio entre el rigor y la sensibilidad, entre la evidencia y la memoria, entre la teoría y la voz viva de la comunidad. Los vestigios del huayra me cuentan a escondidas la otra historia, la que no está en los libros de los historiadores ni en las grandes bibliotecas. Me dice que hubo un pueblo milenario y prodigioso antes de la llegada de los caballos, arcabuces y armaduras, me relata el padecimiento de siglos de explotación y saqueo en nombre de un dios y un rey distante, a los que ni siquiera se puede ver.

Yo, que soy bastante ordenado en lo que respecta a la escritura, en especial la creativa, suelo empezar con apuntes dispersos. Anoto una imagen, una frase escuchada en una conversación, una intuición nacida durante una clase o una preocupación surgida al revisar un texto editorial. Luego, regreso sobre esas notas y busco la pregunta central: qué me está diciendo ese hecho con respecto a nuestra cultura, a nuestras formas de vida o los desafíos de nuestro tiempo. A veces esa interrogante se convierte en un ensayo; en otras ocasiones, en un cuento, una crónica o en material pedagógico. Lo importante es que el texto conserve un pulso humano y una relación honesta con el territorio del que proviene, enfocado siempre en el respeto y el reconocimiento del origen de nuestra gente, transversalidad con la necesidad de un verdadero desarrollo local sostenible.
Como editor, he aprendido también que escribir es reescribir. Ningún texto nace terminado: hay que volver sobre él con paciencia, retirar lo innecesario, fortalecer su estructura, afinar el tono y preguntarse siempre a quién sirve esa escritura y desde qué lugar está hablando. Esa experiencia me ha permitido comprender que publicar no es únicamente imprimir palabras, sino facilitar que voces, temas y perspectivas que muchas veces no encuentran espacio en circuitos dominantes puedan circular. Dar voz a los sin voz, a la diversidad, a quienes no tienen poder, a los otros, a los «nadies», como diría Galeano.
Por eso considero fundamental visibilizar los saberes ancestrales. En ellos no hay residuos del pasado, sino conocimientos vigentes sobre la relación con la tierra, la comunidad, la espiritualidad y la continuidad de la vida. Cuando una sociedad deja de atender a esos saberes, se empobrece culturalmente, se vuelve más frágil frente a las crisis contemporáneas, porque pierde formas de comprender el equilibrio, la reciprocidad y el cuidado colectivo. Si el ser humano entendiera que la pervivencia de este planeta finito está en el biocentrismo, dejaría de pensarse el dueño de todo, para empezar a cuidarlo y respetarlo como se debe.

En mi experiencia como comunicador intercultural, visibilizar esos conocimientos y saberes ancestrales no significa convertirlos en adornos discursivos ni exhibirlos como piezas folclóricas: implica reconocerlos como sistemas de pensamiento con dignidad propia y con capacidad de dialogar con la academia, con la educación y con los proyectos de desarrollo local. También significa escribir con responsabilidad para no simplificar la complejidad de las comunidades ni hablar por ellas de manera arrogante, sino hablar con y para la gente. El desarrollo local sostenible no puede construirse mientras se ignora la cultura. Un territorio evoluciona de manera auténtica cuando fortalece sus capacidades educativas, productivas y organizativas, sin romper el tejido simbólico que le da identidad. En Cotopaxi, he visto que la educación, la investigación aplicada, la gestión cultural y la participación comunitaria pueden encontrarse en un mismo horizonte si se trabaja con compromiso y con respeto por la diversidad.
Por eso mi escritura insiste constantemente en unir patrimonio cultural y presente social. El patrimonio no es solo un objeto antiguo ni una celebración vistosa, es una forma viva de memoria compartida, una práctica que se actualiza, se discute y se defiende día a día. Mi alma se fortalece cuando escribo sobre cultura andina, educación o territorio. Intento mostrar justamente que el patrimonio vive en la palabra, en la organización comunitaria, en los gestos de reciprocidad, en la música, en las ferias y en los conocimientos transmitidos de generación en generación. Porque un pueblo que reconoce su pasado se proyecta de mejor manera hacia el futuro.

Para mí es fundamental que los estudiantes universitarios y los docentes comprendan la escritura no solo como una obligación académica, sino como una herramienta de lectura crítica de la realidad. Escribir bien no es adornar ideas, es pensar con profundidad, argumentar con honestidad y dejar un testimonio responsable sobre el mundo que habitamos. En coyunturas como en la que nos encontramos, escribir puede convertirse en una forma de resistencia cultural porque permite nombrar aquello que otros prefieren volver invisible.
Con convicción he intentado sostener estos ideales en mis libros, en mis materiales educativos, en mis proyectos culturales y en los textos que acompaño desde la edición. Cada página que se escribe desde el territorio puede ayudar a dignificar la memoria local, a fortalecer la identidad y a abrir caminos para un desarrollo más humano y más justo. Si algo define mi proceso de escritura es precisamente esa voluntad de escuchar primero, comprender después y, finalmente, escribir con la responsabilidad de quien sabe que la palabra puede cuidar, defender y transformar. A través de ella promuevo la justicia social y entiendo profundamente que sirve vivir si se vive para servir.