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El sentido propio: Stream of consciousness

La sala del taller de escritura quedó en silencio. Martina había terminado de leer su relato y los asistentes nos recuperábamos del trance en que nos había sumido. A pesar de lo necesariamente sórdido, nos había producido un placer punzante. Nos contó que lo había escrito en el celular, en el bus camino al trabajo. Será por eso que, al compartir mis textos, me fijaba, en particular, en los comentarios que ella dejaba sobre estos. Los recuerdo bien porque siempre eran los mismos: «¿Por qué habría de interesarme leer un flujo de pensamiento?».

La verdad es que, en la mayoría de ocasiones, a ese taller de escritura había llevado entradas de mi diario, usualmente en proceso de ser convertidas en un cuento (algo que no siempre encuentro posible). Hay un relato, en algún lugar allí adentro, encerrado en un laberinto cuyas paredes están construidas de pensamientos, y las palabras que los componen se mecen en el aire dando un efecto de enredadera que acentúa la sensación de encontrarse atrapado. En otras ocasiones, el contenedor de mis historias se asemeja a una casa, otra forma laberíntica en la que cuartos vacíos y llenos encierran recuerdos y embodegan las emociones que los describen. Parecen esas cajitas adornadas que las señoras colocan en la mesa de la sala de estar para que las visitas se vean obligadas a contener el deseo de abrirlas una por una y descubrir qué encierran.

Escribir un diario —si bien la palabra mal sugiere que sea un hábito de todos los días— es la práctica de colocar pensamientos y emociones sobre el papel sin una intención de hilar una estructura narrativa definida, y sin que eso le reste un carácter poético o literario. Centenares de páginas después, he encontrado que van emergiendo figuras literarias. Imágenes y metáforas descritas de formas distintas pero recurrentes, escenarios (lugares y tiempos) que se repiten, sea un paraje nevado o un lugar fantástico. Es como hacer world-building de uno mismo y escribir el lore del universo que nos habita. Y yo, el lector que intenta descifrar las intenciones de un personaje y sus profundos anhelos.

17 de junio, 2023

No he escrito en algún tiempo y las ganas de inventar el argumento de algún cuento tampoco me han invadido. Y es que es difícil pensar en escribir cuando se está ocupado en no pensar. Es más que una cuestión de carga de trabajo porque he buscado llenar cada instante libre con alguna distracción de las que acompañan mi cotidianidad. […] alguna película más o menos decente (tirando a menos en lugar de más), algún videoensayo o contenido corto que me entretenga dentro de esa esfera de curiosidades que mantiene mi consciencia alejada de mi vida personal. Los últimos desarrollos de la IA, la discusión sobre las verdaderas causas de la inflación pospandémica, siempre hay algo.

Pero mientras huyo de los pensamientos que me arrastran inevitablemente al conflicto, a la necesidad de tomar ciertas decisiones, mis sentimientos me van alcanzando. Son una bruma venenosa que acecha. Percibo su llegada sobre la piel, siento cómo la irritan y emergen ampollas que revientan; en todos los espacios del cuerpo asoma el dolor como algo ominoso e inevitable. Me paraliza. Me recuesto sobre mi cama tratando de continuar ese juego entre mi mente y mis entrañas, en el que las historias que me cuento a mí misma consiguen mantener a raya esa niebla que amenaza con poseerme. Por último, recurro a la tierra de fantasía donde puedo adentrarme como espectadora de la vida de personajes y mundos ficticios que me sacan de la línea temporal de la que lucho por escapar.

Es un registro de esta búsqueda individual, el devenir que oscila entre propósito y absurdo, cual péndulo que va dibujando una historia. Aleatoriedad e intención se turnan para enrumbarlo; de este electrocardiograma emerge una historia, la propia.

Escribo porque creo que tengo algo valioso que decir sobre la experiencia humana a partir de la mía. Escribo porque creo que tengo buenas historias que contar. Porque quiero transmitir vivencias e ideas que resuenen en huesos ajenos.

19 febrero, 2019

Miro el capítulo dos del libro que estoy revisando para mi tesis de maestría por segunda vez. Me acuerdo de pequeñas partes de su contenido, pero no lo suficiente. Me molesta. Mientras leo por tercera vez el mismo renglón, recuerdo nuevamente cuándo dejé de aprender y absorber las cosas como lo hacía antes. Recuerdo los motivos que llevaron a ese quiebre y cómo nada fue igual después de ello. Entonces pienso en la manera como uno va construyendo un edificio cognitivo, piedra tras piedra, hilando cada nuevo conocimiento para que tenga sentido y coherencia en relación con todo el proyecto arquitectónico, que se asienta sobre bases que uno posiciona desde muy joven sin siquiera notarlo. Luego, un día, te das cuenta de que una de esas bases, una piedra angular que encierra gran parte de nuestra identidad, carece de validez, es fruto de una realidad distorsionada, un pensamiento deseado que no había sido examinado jamás y permaneció allí callado, casi en el subconsciente, mientras el resto del edificio continuaba levantándose a su alrededor y apoyándose sobre sí. Es en ese momento de lucidez en el que la realidad encuentra la forma de irrumpir que aquella piedra angular cede.

Lo que siguió fue espeluznante y abrumador. El edificio colapsó con un gran estruendo que solo yo escuché en mi cabeza­. No queda nada. Nada en comparación a todo lo que alguna vez hubo. Después de ese día a cada nueva experiencia le cuesta encontrar un refugio en mi cabeza. Los primeros años después de este suceso, del que solo yo soy testigo y partícipe, son los más duros. No puedo llegar a ninguna conclusión certera. Y cualquier nuevo conocimiento que me viene, al no encontrar ningún lugar al que pertenecer, cual piedra que no encuentra donde encajar, se pasea por un momento por mi mente para luego retirarse y no volver.

Dejé de escribir. Hubo otras razones también. Pero aquella que se relacionaba con este episodio de mi vida era precisamente porque ya no estaba segura de nada. Después de escribir cualquier oración esta dejaría de ser cierta antes de que se secase la tinta sobre el papel.

En el auge de esta crisis cognitiva (por ponerle un nombre) que se juntó con una crisis existencial (qué viva la hipérbole), me encontraba un día en la clase de Introducción a la filosofía. La profesora explicaba algún texto de Sócrates, yo no podía retener ninguna de las oraciones que salían de su boca. Pronunció una oración y, al momento en que terminó de decirla, ya no podía recordarla. No sé si mi mente no la registró o si me abandonó en un abrir y cerrar de ojos, antes de darme cuenta. Antes, cuando absorbía un nuevo conocimiento que alguien más exponía, lo sentía como un nuevo ladrillo que colocaba en un lugar adecuado de mi proyecto arquitectónico en permanente construcción. Meses después, al querer recordarlo, solo tenía que analizar brevemente la lógica de la construcción para poder encontrarlo. Era una especie de Dewey System personal […].Todo eso había fracasado porque había colocado en los cimientos una base carente de validez. Me aterra pensar cuántas otras piedras muy cerca de la base seguirán puestas ahí, continuarán contaminando la construcción, que al siguiente día volvió a tratar de erigirse, pues así funciona nuestra cabeza, no pausa su enfrentamiento diario con la realidad. Cada decisión pequeña para continuar nuestro día a día debe sustentarse en alguna heurística. Nuestro cerebro sigue construyendo sobre lo que quedó, a pesar de que, al hacerlo, el nuevo edificio parezca más un monstruo de Frankenstein de aquellas ideas suficientemente fuertes y enraizadas para sobrevivir la hecatombe, mezcladas con otras que nadie, además del subconsciente, sabe por qué no se cayeron.

Aún hoy intento encontrar estrategias para darle una lógica a esa nueva construcción sobre la que he continuado añadiendo pisos; algunos caen nuevamente después de unos meses, mientras otros continúan ahí, sin puentes que los articulen al resto del edificio, sin una lógica abarcadora que les dé sentido. Es difícil encontrarlos otra vez cuando uno los necesita. Están ahí, en algún lado.

A veces leo algo y trato de entenderlo lo más profundamente posible. Por ejemplo, si leo una oración, observo de dónde proviene cada afirmación y en qué está sustentada. Pero eso solo me lleva a buscarle un principio a las cosas y no llego a ningún lado. Si me encuentro con la respuesta a la ecuación diferencial más básica que utiliza la función exponencial, nuevamente debo buscar  cómo se grafica esta ecuación, de dónde viene la letra e y por qué es uno de los números fundamentales en matemáticas. Entonces solo sigo buscando un principio a todo, que sea tan evidente que pueda recordarlo y, sobre esa certeza, edificar las siguientes afirmaciones hasta llegar a la oración que estoy leyendo en el libro frente a mí. Como resultado, avanzo despacio. Es como si hubiera construido una escalinata ad hoc en mi edificio con el cemento y bloque disponibles en ese momento, pero este se derrumba nuevamente al cabo de poco tiempo. Me hace recordar a cuando mi abuelita me mandaba a que desenredara sus madejas y tenía que buscar el principio, desatando los nudos que aparecieran y al cabo de unas horas, llegaba al principio de todo. El conocimiento es un tejido bastante entrelazado, donde no existe un principio claro, tampoco un fin. Desde el inicio la tarea está destinada a fracasar.

Y el diario es también un diario de campo de alguien que intenta encontrar el formato que mejor se le acople. 

De tanto en tanto, alguna idea de un escenario, un personaje, un cuento, toma forma en mi cabeza. Empieza como un fragmento de imaginación apenas perceptible y crece lentamente. Después de un tiempo, abre los ojos y me regresa a ver. No puedo sacudir la sensación de que no tiene caso intentar darle vida sobre una hoja de papel. Como si cerrara un libro de golpe, se esfuma en un santiamén. Volverá a molestarme en un futuro cercano. Espero que no se vaya del todo y, cuando ya no logre apartar mis ojos de su mirada, recurra al papel, físico o digital, y le dé alguna semblanza de vida. «Alguien debería organizar una marcha por el personaje ingeniero que acabo de matar en mi cabeza», pienso para mis adentros, con una sonrisa en la comisura de los labios. Todos los personajes asesinados por escritores frustrados que habrían podido salvar el mundo en un trabajo de ficción. Nadie va a hacerlo, no solo porque es una locura absurda, sino porque son inmortales. Permanecen escondidos en algún lugar entre axones y células neuronales, esperando a que la chispa azul que quiso darles vida retorne.

Alguna vez soñé con entender el universo. Soñé que era posible. Quise escribir en mi cabeza una historia que hiciera un recuento del camino para llegar hasta allí.

Corro por los pasillos de un laberinto oscuro salido de las leyendas de Creta. Enredaderas de jazmín trepan los muros que me flanquean y se alzan dos metros sobre mi cabeza. Esta vez es el Minotauro el que huye y yo quien lo persigue. Galopa más adelante, su lomo pardo es apenas visible mientras emite bufidos que se entrecortan con su respiración agitada. Me elude. No sé de qué escapa; su corpulencia se impondría a la mía en un abrir y cerrar de ojos. Tal vez nadie deba verlo a él o a su rostro. O lleva consigo algún artefacto bajo su protección. Vira a la izquierda y luego a la derecha —su imagen aparece y desaparece— continúa al fondo y luego gira a la izquierda otra vez. Voy a toda prisa tras él. El follaje me araña el rostro al tratar de cortar cada esquina a toda velocidad. Ya no sé si avanzo o retrocedo, ni cuánto tiempo más alcance a correr.

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