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¿Chiflados o caretucos?: la extrema derecha latinoamericana

Quien se encuentre con un argentino en el extranjero y desee entablar diálogo siempre ha contado con algunas referencias a su disposición. Para los 60 y piquito fue y sigue siendo Gardel, o el tango, o Mercedes Sosa; para los lectores ávidos, Borges y Cortázar; para los foodies, el asado, el mate y el dulce de leche; para los más futboleros, Maradona, Messi y la inevitable comparación entre ellos. Pero de un tiempo a esta parte —y hablo desde la experiencia ser un argentino en el extranjero— la conversación empieza de un modo casi unánime con la siguiente pregunta: «¿Y qué piensas del [INSERTE AQUÍ UN EPÍTETO][1] de Milei?». Entonces, azuzado por el hecho de haber sufrido en carne propia el primer régimen libertario y anarcocapitalista de la historia mundial, suelo lanzarme a un resumen violento de las peores decisiones económicas y políticas de esa figura de impacto global que hoy es el presidente de todos los argentinos. Esta es la reacción más común de mis amigos ecuatorianos: «Ah, con Noboa estamos igual».[2]

Sin embargo, ¿es realmente precisa la comparación? A grandes trazos, puede decirse que Javier Gerardo Milei y Daniel Roy Gilchrist Noboa Azín representan la nueva camada de aquel conservadurismo outsider nacido en contraposición a la marea rosa, el último giro a la izquierda que tuvo nuestro subcontinente. El socialismo del siglo XXI, como también se lo llama, es a un tiempo su gran enemigo y su principal aliado: nuestros actuales presidentes tienen a Rafael Correa y Cristina Kirchner en la punta de la lengua cada vez que caen en las encuestas o cuando necesitan un distractor de la opinión pública. Noboa y Milei profesan detestar todo de ellos, pero no dudan en seguir al pie de la letra las páginas más cuestionables de su manual de gobernanza, como el control de la justicia o la persecución a opositores políticos y mediáticos.

Aunque la mirada simplificadora de sus oponentes no duda en tildar a ambos presidentes de fachos y ponerlos en la misma bolsa, al hacer foco en la trama más fina de sus antecedentes personales y sus gestiones, surgen diferencias fundamentales para pensar en sus respectivos porvenires.

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Solo porque tanto Milei y Noboa como el resto de la derecha odian el término, hablemos de la diferencia más obvia entre estos mandatarios: la clase.

Daniel Noboa es heredero de una de las mayores fortunas de Ecuador, la misma que permitió a su padre financiar seis campañas presidenciales fallidas y no terminar viviendo bajo un puente. Por el contrario, pese a acusaciones de explotación laboral en sus plantaciones bananeras y a deudas millonarias con el SRI (que desaparecieron mágicamente en siete meses de gobierno filial), la salud de la billetera de los Noboa sigue gozando de solidez. No tanto así la de Alvarito, pero esa es otra cuestión.

Paradójicamente, la trayectoria de la familia Milei representa uno de los atributos de la Argentina más denostados por el actual gobierno: su movilidad social ascendente. Entre la infancia y la juventud del hoy presidente, su padre, Norberto, pasó de colectivero (chofer de bus) a accionista mayoritario de dos flotas de vehículos, y de propietario de una vivienda de clase media en el barrio porteño de Villa Devoto a dueño de cuatro propiedades en Miami. Como cuenta el periodista Ernesto Tenembaum, este adelanto en la escala social no estuvo exento de esfuerzos. Los hermanitos Milei debieron celebrar varias Navidades dentro de un colectivo, porque trabajar durante las fiestas permitía al colectivero quedarse no con un porcentaje, sino con todo el importe del pasaje. Visión para su misión.

Sigamos hablando de clase, pero ahora no como el nivel al que se pertenece en la pirámide social, sino como esa mezcla imprecisa de garbo, caché, sobriedad. Sobre todo sobriedad.

Noboa evita ser el centro de atención y ha dado contadas entrevistas. La más elocuente —la que concedió al célebre periodista estadounidense Jon Lee Anderson, en la que el mandatario revela secretos de Estado y acepta que sus apariciones en comunidades devastadas por la delincuencia son puestas en escena para reforzar su imagen— fue aquella que el aparato comunicacional de su gobierno más se empeñó en desacreditar. Como no puede mostrar prácticamente nada en cuanto a obras de infraestructura, Noboa entiende que mientras menos meta la pata en público, más se demorará en caer su popularidad. Sus apariciones son cuidadas, sin exabruptos.

En cambio, parece que Milei necesita cada tanto renovar esa aura de «espontaneidad» que lo hizo tan estimado, especialmente entre los varones de menos de 30 años. Cadenas nacionales inconsecuentes, apariciones varias en el teatro para ver (y besar de la manera menos elegante posible) a su hoy exnovia, entrevistas arregladas, mítines políticos que se transforman en conciertos… Aunque la mayoría de veces dé cringe a gente como quien escribe, la incorrección política lo ha llevado a donde está, y no parece dispuesto a renegar de ella. La clase es una de las máscaras de la «casta», ese enemigo impreciso construido por la comunicación mileísta.

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La experiencia política de Noboa y Milei fue (y sigue siendo) bastante acotada. Ambos ingresaron a los parlamentos de sus respectivos países en 2021, tras haber aprovechado de modo muy eficiente, cada uno a su manera, la pandemia del coronavirus.

Fiel a una vieja tradición familiar, Noboa utilizó su inagotable billetera para donar una ambulancia, insumos médicos y alimentos a la población vulnerable de la provincia de Santa Elena, apenas empezada la cuarentena. Eso le valió al año siguiente una curul en la Asamblea Nacional.

Milei, por su parte, utilizó los canales argentinos de TV para granjearse una reputación de «niño malo» de la economía. Insultando a diestra y siniestra a funcionarios del gobierno del expresidente Mauricio Macri (uno de los cuales es hoy su ministro de Economía, y otra de las cuales fue hasta, hace poco, su ministra de Seguridad), descubrió que, cada vez que aparecía en pantalla, el rating subía. También se dieron cuenta de ello, por supuesto, los productores de televisión. Esa popularidad se extendió al período de confinamiento por el COVID-19, cuando expresó que la cuarentena recomendada por la OMS y promulgada por la mayoría de países constituía un crimen de lesa humanidad. Para entonces, sus presentaciones en público ya contaban con un nutrido grupo de seguidores (repito: mayormente jóvenes varones).

El siguiente paso para ambos fue la presidencia, sin escalas y sin haber gestionado ningún proyecto importante en el Poder Legislativo. La principal ventaja competitiva de Noboa y Milei fue no ser: para el ecuatoriano, no ser Correa, Moreno ni Lasso; para el argentino, no ser Kirchner ni Macri. Sus trayectorias meteóricas, al fin y al cabo, implicaban que todavía no habían tenido tiempo de cagarla. Da la impresión de que el desconcierto general de las poblaciones ecuatoriana y argentina ayudó a cimentar las posibilidades de presidencias tan sui géneris como las de Milei y Noboa.

Por ejemplo, es difícil encontrar a seguidores de Milei que adhieran a toda su plataforma política. Aunque recurre a posturas usuales de la derecha para sumar adherentes (como la exacerbación de la seguridad), su política económica está demasiado ideologizada para el común de los mortales. Sus largas diatribas televisadas contra el rol del Banco Central o contra John Maynard Keynes (uno de los economistas más importantes del siglo XX, muerto en ¡1946!) causan más impacto por su incorrección política —salpicada de insultos, gestos y metáforas sexuales— que por una argumentación sólida. Así lo demuestran las decenas de economistas y politólogos «normales» que recorren los medios para repudiar los exabruptos de Milei y señalar sus inconsistencias. Pero ¿quién tiene ganas ya de escuchar a alguien «normal»?

Algo similar ocurre con la «batalla cultural» que intenta dar la nueva ultraderecha argentina, a caballo de muñecos como Agustín Laje («Los zurdos no son conciudadanos sino enemigos»), Nicolás Márquez («Cuando el Estado financia la homosexualidad [?] está incentivando una conducta autodestructiva») o el influencer Emmanuel Danann. Cuesta creer que la mayoría de gente en tu país piense como estos señores, y lo más probable es que no sea así. Entre los muchos factores para haber votado al primer presidente anarcocapitalista de la historia, las ideas retrógradas anticomunistas, homofóbicas y de destrucción de la salud y la educación públicas se ubican bastante abajo en el ranking.

Daniel Noboa, por su parte, es el summum de una era que los teóricos han definido como posideológica. Semanas de investigación y conversaciones con amigos no me han dejado una idea clara de su plataforma política. Todo lo contrario: parece que, a propósito y no por error, su actuación se guía por nociones muchas veces contradictorias. Por ejemplo, de una postura pro Yasuní en la campaña de su primera elección, pasó en pocos meses a fomentar la explotación petrolera en el Bloque 43-ITT y a perseguir al colectivo Yasunidos. A pesar de declararse de centro-izquierda (?!) y de tener como referente a Lula da Silva, según comentó a Jon Lee Anderson, el grueso de su popularidad inicial se basó en un despliegue maniqueo de fuerza ante el crecimiento desembozado de los grupos delictivos (sin muchos resultados, cabe decir).

El asalto a la embajada de México, la desaparición forzada y asesinato de los cuatro niños de Las Malvinas (y las mentiras que posteriormente difundió el gobierno sobre el caso), las luchas judiciales con su primera vicepresidenta, la amnistía tributaria a multimillonarios, la crisis energética de 2024, la crisis sanitaria actual… Las polémicas se apilan; no se ha terminado de resolver una cuando aparece otra. Nuevamente, es a propósito, no por error. Los últimos manuales de comunicación política de la derecha hablan de «embarrar la cancha», es decir, de provocar una oleada incesante de noticias. ¿Buenas, malas, favorables, desfavorables…? Da lo mismo. El punto es que los medios —y la ciudadanía— no tengan tiempo de responder.

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La condición de outsider viene con algunas advertencias. ¿Cómo hacen para sostenerse en el poder líderes sin pasado en el sistema político tradicional? La ciencia política ofrece seis pasos a seguir. Primero, deben construir una base de apoyo propia; por ejemplo, fundar sus propios partidos, como hicieron Noboa con Acción Democrática Nacional (ADN) y Milei con La Libertad Avanza (LLA), que fagocitó en Argentina al Partido Libertario. Check y check. Segundo, deben apelar a la ciudadanía desde una lógica populista. Check y check.

Tercero, tienen que negociar con élites clave. Acá hay una diferencia clave que ya analizamos: Noboa es parte de esa élite, nació en ella, se comporta como uno de sus miembros. Por eso no le ha costado gran esfuerzo meterse en el bolsillo a algunos medios de comunicación nacionales (o comprarlos a través de terceros para desbaratarlos), y se supone que retendrá el apoyo de la mayoría de los demás empresarios y dueños del país.

Milei, por su parte, a pesar de vestir en la política el traje de recién llegado (de «nuevo rico», podríamos decir), lo que le ha significado una protección desconfiada por parte de las élites argentinas, cuenta con la ayuda de la Conferencia Política de Acción Conservadora (CPAC), un grupúsculo de líderes más o menos importantes de la derecha y la extrema derecha mundiales. Los eventos de la CPAC le sirven al presidente argentino como un escenario más global para ventilar sus ideas bizarras, al tiempo que le permiten codearse con figuras de la talla de Donald Trump, los Bolsonaro, Viktor Orbán, Santiago Abascal, Steve Bannon y un largo y oscuro etcétera. Uno intuye que su pertenencia a foros de este tipo es lo que ha permitido a su gobierno obtener importantes waivers y financiamiento extraordinario de, entre otros, el FMI.

En cuarto lugar, la ciencia política habla de «fortalecer la capacidad institucional» como una forma de concentrar poder. Esto implica, como vienen haciendo tanto Milei como Noboa, poner de su lado a los otros poderes del Estado. A fuerza de alianzas y de la repartición de prebendas, ambos presidentes han logrado cooptar a sus respectivos parlamentos. Con la justicia, el camino es más farragoso. La politóloga estadounidense Gretchen Helmke habla de defección estratégica: básicamente, los jueces tienen cuidado de oponerse a gobernantes con alta aprobación; sin embargo, el momento en que «huelen sangre» o sienten un vacío de poder, empiezan a ejercer su autonomía promoviendo fallos adversos al Ejecutivo.

Como quinto punto para sostener su relevancia, es necesario que los gobernantes outsiders mantengan una narrativa de crisis o cambio permanente. Aquí es donde realmente destacan Milei y Noboa. A partir de su referencia a décadas de destrucción del Estado argentino (por parte sobre todo del peronismo, aunque, oh misterio, no de la dictadura), Milei promueve constantemente su batalla cultural. Esto lo lleva a denigrar instituciones establecidas como el Estado de bienestar —la creación de redes de apoyo para los más necesitados dentro de un país— y, entre otras cosas, a calificar a los evasores de impuestos como «héroes». El cambio (y el tiempo que conlleva) es la justificación para un manejo de la economía con récords históricos de destrucción de la industria y disminución del sueldo real de los trabajadores.

En Ecuador, la excusa, en cambio, es la seguridad. Desde el asesinato del candidato Fernando Villavicencio en la campaña presidencial de 2023, esta narrativa de crisis sirve para justificar incursiones como la que terminó con la vida de Josué, Ismael, Steven y Nehemías, o toques de queda que arruinan a los comercios nocturnos, por no hablar de la libertad de circulación de las personas. El avance de los grupos de delincuencia organizada —que en un primer momento se achacaba a Correa— se ha convertido en un dolor de cabeza para el gobierno de Noboa. A pesar del show de mano dura que representa cada vez que las mafias se toman las primeras planas de los medios, las estadísticas sugieren que la ciudadanía no advierte un cambio y las encuestas, que el postureo del actual presidente empieza a resultar ineficaz.

El sexto y último consejo de los politólogos a los outsiders es quizás el más difícil de aplicar: los outsiders necesitan, sobre todo, resultados rápidos. A tres años de la ascensión de Noboa y Milei, tienen poco que mostrar.

«Los hospitales y centros de salud públicos», explica Pablo Ospina Peralta sobre el caso ecuatoriano, «están paralizados por la falta de medicamentos, las obras públicas de infraestructura se habían ejecutado solo en 29 % para fines de agosto [de 2025], mientras se multiplican las deudas del Estado central con los gobiernos locales. Incluso las fuerzas armadas y policiales han ejecutado solo una pequeña parte de su presupuesto (10 % y 18 % de lo presupuestado en el primer semestre de 2025), pese a la peor crisis de seguridad pública de la historia ecuatoriana». Por el contrario, Noboa ha convertido «casi toda su política pública en la concesión de una serie de bonos en efectivo». Parches sobre parches sobre parches, pero no una mejora sustancial de las condiciones de vida de la población.

Ahora es mi turno de decir: «Ah, en Argentina están igual». El excesivo tamaño del Estado bajo los gobiernos kirchneristas dio a Milei la coartada perfecta para reducir la obra pública a cero (no es una exageración) y eliminar todo tipo de regulaciones, incluyendo las correspondientes a educación y salud. El Ministerio de Desregulación y Transformación del Estado ha sido implacable en el despido de funcionarios, lo que a su vez tiene un efecto negativo sobre las prestaciones que recibe la ciudadanía cuando se acerca a alguna oficina estatal. A eso se le suma el desprecio por la industria local (históricamente, una de las más prósperas de América Latina), que sufre una parálisis mayor a la provocada por la pandemia. Los expertos explican que, si no fuera por el trabajo en las nuevas plataformas (Uber, Rappi, PedidosYa…), los niveles de desempleo se asemejarían a los de la recesión que llevó al famoso «corralito».

Este último punto abre un signo de interrogación sobre el futuro de Milei y Noboa. ¿Pueden aspirar a renovar sus mandatos en el siguiente ciclo electoral? La base que les permitió llegar a la presidencia —sustentada sobre todo en aquellos ciudadanos desencantados con el socialismo del siglo XXI— empieza a erosionarse, porque tampoco ve en ellos las respuestas que esperaba.

¿Qué pinta en todo esto la oposición? Si no hablamos de ella hasta ahora es porque es casi inexistente, tanto en Ecuador como Argentina. Las pocas figuras que podrían plantar pelea a estas nuevas derechas están o inhabilitadas de participar en la disputa política (Cristina Kirchner, el partido RC, Aquiles Álvarez…), o discutiendo entre sí (como el peronismo y la CONAIE), o mirando para otro lado hasta que pase el temblor (como el partido de Macri y los medios de comunicación).La crisis de representación que permitió el surgimiento de Noboa y Milei continúa, y escupe sus efectos sobre el resto de la clase dirigente y también sobre la población. Sin líderes comprometidos (políticos o no) que imaginen un camino alternativo, este presente gobernado por las nuevas derechas parece extenderse en el tiempo.

¿Qué hacemos mientras con el chiflado y el caretuco? Un posible consejo sería cortarles las piernas (lo digo en sentido figurado, señora, no se espante…): aunque no lo parezca, seguimos viviendo en democracia, y los gobernantes se siguen sosteniendo sobre sus votantes. Discuta con su amigo derechoso, discuta con su tía abuela; muéstreles las inconsistencias, señale los exabruptos, subraye que hay conservadores racionales que no son esto que nos gobierna. La verdad única que nos intentan enseñar se refuta con debate, hoy y siempre.

[1] A mí me nace muy orgánicamente chiflado.

[2] Disclaimer: el lente desde el que juzgo a Milei y desde el que mis amigos juzgan a Noboa está coloreado de lo que nuestra época llama progresismo. Somos un poco woke, aunque (me gusta pensar) sin los white people problems del primer mundo. Creemos, entre otras cosas, que el pobre no es pobre porque quiere, que el nivel actual de consumo no es sostenible y que el género es una construcción.

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