I
Fueron largos días de ausencia de sol. La lluvia no había cesado en casi un mes. Era un castigo de Pachacamac por ser cobardes, por no defender la tierra, por abandonar a Atahualpa y no acompañar a Rumiñahui. Taita Inti sentía vergüenza, por eso se escondía también. Pachamama nos reclama con el rugir de sus volcanes y con destructivos huaycos desde los Apus; nos grita que peleemos, que no desfallezcamos, que resistamos. Nosotros seguimos enmudecidos, adoloridos, shunshos. Las ensordecedoras balas de los blancos nos asustan, nos queman, nos matan. Escondidos y temerosos como cuyes, atravesamos chaquiñanes para que sus armas no nos alcancen. Solo mama Killa nos acompaña en el lamento de las noches. Así viviremos y esperaremos quinientos años, hasta que nuestro señor Wiracocha nos libere de la opresión, para volver a lo que siempre fuimos y nunca quisimos cambiar.
II
En el vientre del churo de Amanta se mantuvieron inmóviles por varias horas, hasta que los fieros perros de los barbados dejaron el lugar. Habían visto cómo las fauces de los canes desgarraban la piel sin misericordia. Los invasores, cada vez ganaban más batallas, descubrían escondites, quemaban ayllus. No había defensa efectiva contra sus caballos, sus cañones, sus arcabuces. La resistencia estaba llegando a su final.
Dejando a tres guardias en la fortaleza, caminó montaña abajo lentamente y con ayuda, mientras cavilaba en torno a la vorágine de acontecimientos sucedidos en tan poco tiempo. Su hermano no mostró entereza ante los españoles y pagó con su vida, mientras que él siempre desconfió y, al final, tuvo la razón. Por eso ocultó las pocas pertenencias valiosas que quedaban, luego de la guerra civil contra Huáscar, en lo profundo de los Llanganatis, ahí donde le nombraron con el mismo nombre de su abuelo, Pillahuaso, destinado a ser el sucesor de los grandes Atis.
La fragmentación del imperio con la muerte de su padre, Huayna Cápac, fue solo el inicio del apocalipsis. Las enfermedades extranjeras ya habían matado a miles, incluido a Ninan, su otro hermano, el heredero. La desastrosa invasión de los blancos derrumbó en pocos años los que tardó siglos formarse.
El ejército rebelde se debilitaba con cada enfrentamiento. Uno a uno, sus generales habían caído en batalla: Píntag y Quizquiz, los últimos en morir leales a su comandancia. Él mismo convalecía por las heridas de combate, tuerto y cojo, escondido por los sigchus, aliados inesperados en esta guerra.
Los perros de Benalcázar no lo dejaban en paz, incluso en sus afiebradas pesadillas. Sentía cómo sus mordiscos rompían su espíritu guerrero.
Lo despertó un chasqui con malas noticias: los españoles habían arrasado más pueblos y fundado sus villas «civilizadas». Ponían una cruz en el medio de ellas como símbolo del poder de un Dios que no se puede ver.
No podía seguir en las sombras, su orgullo no se lo permitía. Sin embargo, ya no tenía fuerzas para luchar. Apenas 25 soldados lo acompañaban, camuflados entre la niebla de Malqui Machay, vigilantes del cuerpo del Sapa Inca asesinado en Cajabamba. No podía arriesgarse a que los encontraran ahí. ¿Qué pasaría con el malqui de su hermano en poder de los invasores?

III
Junto a una docena de fieles, emprende viaje hacia el pucará deTupalibí, para hacer frente a la arremetida española comandada por Benalcázar y Clavijo. El gran general pillareño arenga y advierte a sus combatientes que es mejor morir luchando antes que ser capturado y torturado por los blancos. Luego de varias horas de camino, que a él le parecen incluso más por la herida en su pierna, llegan a Planchaloma para alimentarse y abastecerse. Ahí tampoco queda nadie, solo unas cuantas mujeres tristes con sus niños cargados en su espalda, preparando colada de maíz y papas. Los hombres están preparando la defensa donde inicia la ladera de la montaña.
Ya en el pucará, todos le rinden homenaje agachando la cabeza durante su lento paso. A pesar de estar maltrecho, su figura es imponente e inspira respeto. Pillahuaso Ati Rumiñahui, hijo de inca, medio hermano de Atahualpa, es una leyenda de la resistencia durante varios años; no le debe nada a su gente, aunque todo el esfuerzo no ha sido suficiente. Al atardecer, angustiados y despavoridos, un par de chasquis llegan a la fortificación anunciando la llegada del ejército español a la planicie del Taita Cutuchagsi, el tambo construido por su padre y abuelo. Seguramente, los blancos descansarán ahí e instalarán su nuevo cuartel para continuar con la persecución. El Ati convoca a una asamblea de guerra a los pocos generales que le quedan para planear la última resistencia. La tristeza es evidente, todos saben que el final está cerca.
En la noche, Rumiñahui no duerme para evitar las pesadillas que lo acosan siempre; sin embargo, el cansancio y la fiebre doblegan su voluntad guerrera. Lentamente, el sopor lo vence: sueña con soldados españoles de rostros deformados, dientes afilados y miradas rabiosas, monstruos que ríen estrepitosamente y lo muerden; son hienas que destrozan su carne, preguntando dónde está escondido el tesoro que prometió su hermano al morir. Despierta horrorizado, bañado en sudor por la fiebre de la infección de su pierna, a pesar de que la fría noche transcurre en un incómodo silencio de futura muerte.
No puede dejar que lo que queda de su pueblo sea devorado por este genocidio. Los días son grises sin la luz del Inti, que los ha abandonado. Solo mama Killa lo ve llorar desde lo alto del negro cielo, desesperado e inútil, encargado de un liderazgo que no sirve para nada. Él, hijo del Sapa Inca Huayna Cápac, que siempre envidió a sus hermanos por considerarse de menor jerarquía, que casi no conoció a su padre porque su abuelo lo destinó a ser el nuevo líder de los panzaleos —su pueblo dominado por el incario—, pero que no fue olvidado por la historia.

IV
No sabe si está despierto, dormido o delirando, pero escucha a mama Killa hablar:
—Hijo, hijo mío, mi wawa querido Pillahuaso.
Absorto, no puede pronunciar palabra alguna. Siente una emoción contraída en el pecho, que quiere explotar y desbordar sus cientos de tristezas adquiridas en el tiempo. Cómo quisiera contarle todas sus penas a mama Killa, su única compañía durante cada noche de resistencia.
—Es momento de luchar nuevamente, por tu pueblo, para salvar a tu gente.
Es definitivo. No puede hablar, solo escuchar la voz cariñosa de la madre que lo calma. El Ati quisiera expresarse, pero está silenciado, unos lastimeros gemidos salen de su garganta y hieren su orgullo de gran orador.
—Te he visto sufrir, mi wawa. No sabes cómo vencer al enemigo, ¿verdad?
Como nunca en su vida, el gran general agacha la cabeza y acepta su destino. Ahora escucha a Killa, como un niño que recibe consejos de su madre. Su destino ya está dictaminado. Pillahuaso se resigna a un inminente final.
—Kunanka pumaña kanki kallpawantak makanakuspa wañunki.
V
Los siglos transcurren y nadie lo ha olvidado. Muchos dicen que, una vez transformado, atacó el cuartel de Benalcázar y Clavijo durante la madrugada, mató a algunos soldados, mordiéndolos en el cuello, y luego corrió hacia los páramos de Chalupas, donde murió por las heridas de los disparos invasores. Otros, menos entusiastas, cuentan que se entregó a los españoles a cambio de la vida de sus soldados y la paz de sus mujeres y niños. En lo que todos coinciden es que nunca reveló dónde escondió el gran tesoro, la mayor ambición de los blancos.
Los pueblos gobernados por el Ati Pillahuaso lo recuerdan con gran afecto, por ser el último defensor del territorio panzaleo. Es por ello que le han hecho estatuas y hasta billetes. También, por estas tierras existe un árbol llamado puma maki, que ayuda a recordar la leyenda del gran general Rumiñahui, convertido por mama Killa en un gran puma pardo, para intentar salvar a su pueblo de la invasión española, que, al final, lo consumió todo.
