autores

Periodos

Los dolores eran insoportables, así que no fui al colegio. Debieron pasar alrededor de tres días antes de que un médico de verdad se diese cuenta. Todos los demás pensaban que se debía a los dolores menstruales. Mis compañeras tomaban en ese caso una femen y todo iba bien. El doctor del colegio parecía no saber más que mis amigas, pues me recomendó ese mismo medicamento. Lo cierto es que el dolor aumentaba, y en mi casa, a partir del segundo día, todos empezaron a preocuparse. Mamá preparaba agüitas de remedio a toda hora y me ponía compresas calientes en donde pensaba que estaba mi útero.

El pueblo era bien frío, y cuando me ponían las toallitas en el abdomen veía como el vapor llegaba hasta las ventanas, era como cuando el viejo Sergio se ponía a orinar en las mañanas, cerca de los matorrales que hay en la plaza, junto a un eucalipto enorme, entonces el vapor le envolvía al hombre y casi se escuchaba aquel chorro. El pueblo es muy silencioso en las mañanas y a veces me imaginaba que estaba en medio de una cascada, pero luego caía en cuenta que ese sonido eran orines y me daba asco, en todo caso me gustaba mirar como el vapor se perdía en la niebla y en las ramas del eucalipto.

II

Papá no sabía muy bien qué hacer en estos casos, me miraba un poco incómodo, sin decir nada, como a un crepúsculo tardío, luego se ponía el sombrero y se iba. Al fin al tercer día llamó a su amigo y doctor Juan Espín. Llegó desde Ambato, el doctor Espín había nacido en el mismo pueblo. Entró a la habitación donde yo estaba, al lado suyo estaba papá. El doctor hizo que me siente en la cama y me tocó el estómago, luego me midió la temperatura y concluyó que presentaba un cuadro de deshidratación crítico.

-Cómo vas a creer, Rosendo,  esta niña no puede estar aquí, hay que internarle. 

Decidieron internarme en el Hospital Regional de Ambato. Llegué a una sala enorme con cuatro camas, una en cada esquina. Ocupé la que daba junto a la ventana, eso era bueno, por lo menos tenía una vista directa a la puerta de la habitación. Las demás camas estaban vacías. Una enfermera vino y me introdujo una aguja en la muñeca de la mano derecha y la conectó a una manguera que transmitía suero a mi cuerpo. Los dolores se volvían más intensos con cada hora que pasaba. Las llantas de los carritos con comida sonaban aparatosamente, se topaban los ejes de hierro con algún tornillo flojo. Pensé que todo había sucedido muy rápido, y que ese sonido solo podía ser la continuación de algo peor.

III

En la tarde me llevaron a radiología. Una placa detectó que se me había reventado la vesícula y que tenía peritonitis. Decidieron operarme esa misma tarde. Me llevaron en una camilla por todo el hospital. Los pasillos eran interminables y la luz clínica invadía los rincones más alejados, hasta que  entramos en una recámara alta y cuadrada. La bata que conservaba la tibieza de las sábanas se heló con el grosero metal de la mesa de cirugía. En ese momento le dije al doctor que si puede traerme luego la vesícula en un frasquito. Me dijo – tocándome una mejilla- que encantado de la vida. La anestesia general se irradiaba por todo el cuerpo y recordé el vapor de las toallitas que mamá me ponía y yo mismo me sentí como una, luego me acordé del eucalipto y la niebla. En este punto me sentí ya adormilada, escuché el sonido de una cascada, pero no me dio asco y me dormí.

Desperté cansada, evitando abrir los ojos porque sabía que la claridad de la luz a veces duele más que la ceguera. Me sentí observada. Decidí echar un vistazo a mi alrededor. Moví mi cuello y sentí una punzada a la altura del ombligo que me hizo volver a cerrar los ojos, pero en ese segundo de claridad vi una figura recostada en la cama de alado.

-¡Hola! – escuché-.

-Buenos días -dije-, despertándome definitivamente- .

-¿De qué le operaron, mijita? – de la vesícula- .

– ¿El doctor Espín ? – Sí, el mismo.

-A mí también me va operar el doctorcito.

 Era una señora alta y corpulenta de aproximadamente cuarenta y cinco años.

 -Ya está todo preparado, mijita , ahora usted tiene que descansar.

Sí- dije y cerré los ojos-. 

Después de una o dos horas vino el doctor y se sentó al lado de mi cama, me palpó la herida y dijo que con suerte se salvaron los guantes. Yo no entendí muy bien esta expresión, pero igual sonreí. Luego me miró y me extendió una mano con un papel. Tomé el papel y leí: Diagnóstico: vesícula gangrenada . La señora gorda nos veía todo el tiempo. – Hasta luego doctorcito- dijo ella-. El doctor le dio la mano y escuché que le comunicó que en unos momentos vendría un enfermero a llevársela, luego el doctor le sonrió y se alejó.

-Que le vaya bien, señora- dije-. Gracias, mijita, esbozó la señora en una mueca confiada. Un enfermero se la llevó. Las ruedas de la camilla también sonaban como los carros de la comida. Ya no le di más importancia a ese asunto y traté de dormir, tal vez por una hora. Soñé que estaba en el colegio con mis amigas y que nadie me había copiado la tarea que la profesora mandaba. Trataba de igualarme todos los cuadernos, pero cuando terminaba una página y viraba la hoja, la tinta de la anterior se desvanecía y toda la página transcrita aparecía en otro cuaderno que no le correspondía, así todo se volvía un caos. 

IV

Me desperté todavía en estado de vigilia, serían las tres de la tarde cuando unos gritos me sacaron del letargo definitivo, gritos roncos traspasados por una navaja, gritos secos y lamentos. Me incorporé lo mejor que pude al espaldar de la cama y vi por la puerta como el doctor Espín salía de una habitación frente al cuarto donde yo me encontraba. 

Estaba con su túnica celeste, manchado completamente de sangre. Su cara, sus lentes, todo era sangre, como si un saco sanguinolento se le hubiese reventado en su pecho, parecía más un estibador de carne que acababa su día. La visión apenas duró un segundo, el doctor corrió a zancadas en la dirección contraria de los gritos,  no estoy segura de si me vio, casi pude identificarle una sonrisa. Me lo imaginé abandonando el hospital, bajando las gradas de la salida posterior, sacándose el mandil ensangrentado, limpiando los lentes al sol, mientras una veta roja asomaba en su bigote oscuro, entonces sacaría su pañuelo y se limpiaría por última vez la cara sudorosa y la barba. Con ese mismo pañuelo haría parar un taxi, en el recorrido tendría ganas de vomitar, pero se aguantaría, se lo tragaría hasta llegar a su casa, en donde una ducha caliente le esperaba y en donde dos maletas aguardaban, quizá, las ropas frías del doctor Espín.

De la impresión, sentí que la fiebre comenzaba a anidarse en algún punto de mi organismo. Los gritos afuera no cesaban, solo después de una hora todo fue silencio. Mamá entró en la habitación y me acarició la cara. Le conté lo que vi, todo ese espectáculo de sangre y gritos. Ella me miró, la luz que entraba de la cortina, un poco pálida, le confería un aspecto delicado. Mamá, bajando la mirada, atinó a decir que hay que dar gracias a Dios. 

V

A los tres días regresé al pueblo, cojeando un poco por la herida. Papá me había ido a ver. El carro era de ni sé que amigo que le debía un favor. En el camino solo una vez sentí un intento de abrazo. Las montañas comenzaban a acumular niebla en sus cumbres. Después de la última cuesta miré la casona blanca, el hogar. Entré por la tienda. Mamá me ayudó y me sentó en un sillón de la sala. En ese momento, del baño salía el Doctor Espín, un poco pálido, rasurado y sin lentes.

-Buenos días, cómo va la recuperación- me dijo- .

-Buenos días, todo bien- le respondí.

Papá le hizo una señal al doctor, se acercó a despedirse, al tiempo que tomaba un pasaje de bus que estaba en la cómoda a lado mío, en letras grandes leí Guayaquil. Me dijo finalmente el doctor que me cuidara y que comiera bastante morocho, me tocó una  mejilla cuando dijo eso. Levantó sus maletas de cuero y salió de la habitación, se le notaba cansado, parecía que se había flaqueado, su sombrero parecía  manchado. Mamá entró en ese momento y me sirvió un agua de menta. El vapor de las hierbas se asentó en mis cejas, como un aliento grave, absorbí un poco de la infusión cuando el carro arrancó definitivamente y ya nada parecía perturbar aquella paz. 

Leer más
Leer más