El masoquista en el imaginario colectivo podría verse como un ser devoto, sumiso, culposo. En relaciones consensuales, sin embargo, el masoquista elige su lugar. Hay tantas expresiones del masoquismo como seres humanos. Cada persona, con diferentes niveles de agrado, acepta punciones, perforaciones en la piel, metafóricas o no. El dolor puede ser un destino irreparable, placer, un castigo por narrativas sobre el pasado, una faceta más de la vida que se debe aceptar. El dolor puede ser una expresión de contactar a un otro también, de estar expuesto más allá de una consciencia autorreferencial. ¿A qué dolores les damos la bienvenida y cuántos de ellos realmente penetran la piel? Pienso en la cultura de mi país y mi ciudad. En Semana Santa, en la ciudad de San Francisco de Quito, hombres caminan cargando cruces, descalzos. Con alambres de púas en las sienes, arman un simulacro del sacrificio de Jesús cuando cargaba una cruz.
Hay una forma del deseo que reaparece en distintas tradiciones. El yo, la individualidad, se experimenta como un límite insoportable y lo que se anhela es aquello que podría disolverlo. Erich Fromm lo describía como el impulso de demoler la separatidad, esa angustia básica de existir como entidad aislada. El camino puede ser la unión con el Otro, plasmada en la fusión con lo divino o alguna expresión del sometimiento. El misticismo cristiano puede considerarse como una de las expresiones más codificadas de ese deseo. En Santa Teresa de Jesús, el alma anhela a Dios como el amante desea al amado: hay espera, hay dolor por la ausencia, hay una entrega que bordea la aniquilación. Su célebre verso “muero porque no muero” condensa una convicción: solo la muerte del yo permitiría una unión completa pero el cuerpo insiste en sobrevivir y esa insistencia es el tormento y el combustible del deseo. En sus poemas, el alma está atravesada, herida, penetrada por lo divino. Bernini captaría esto más tarde en su escultura con una literalidad obscena. El éxtasis puede ser una violencia contenida, un estado donde los bordes del yo se vuelven porosos sin llegar a desaparecer del todo.
Vivo sin vivir en mí y tan alta vida espero
que muero porque no muero

Lo que hace a Teresa tan moderna es que su experiencia religiosa no requiere una traducción para quien ha sentido el peso de desear en términos de ver al amado como inaccesible. Aquel se torna un canal de misterio, su ausencia organiza tiempos y la posibilidad de su correspondencia se proyecta como una iluminación, una descarga. Juan Gabriel, con toda su habilidad para componer canciones de amor, llega en “De mí enamórate” a una sucesión de imágenes que podrían pertenecer a un poema místico. La voz que canta ha perdido su identidad desde que vio al otro; solo encontrará la felicidad y la «luz» el día en que ese otro decida regresar a ver. No hay descripción del amado, no existe quizá, solo el registro de los efectos en quien desea:
Desde que te vi, mi identidad perdí en mi cabeza estás
solo tú y nadie más, que me duele pensar
que nunca mía serás, de mí enamórate.
El deseo se potencia en la imposibilidad, en la falta. A diferencia de Santa Teresa, que tenía al menos la certeza teológica de que Dios ya la amaba, la voz concebida por Juan Gabriel está en una posición más precaria: el otro puede no voltear a verle. De ahí que la canción sea una súplica. Esa incertidumbre la convierte en más cercana a la experiencia cotidiana del deseo: la espera, la anticipación, el placer postergado indefinidamente. La característica más reconocible de la canción es su coro, para el que Daniela Romo mostró el poder de una dosificación inmaculada que le permitió cantar la vocal e en una transición cada vez más aguda. La canción toma un estrato de enormidad y se convierte en un pasaje de ascenso. Es el equivalente sonoro del éxtasis teresiano. No es la unión lograda, es el impulso hacia ella, sostenido hasta el límite físico de la voz.
Una imagen de la serie de TV Mentiras redujo para mí la distancia entre diferentes expresiones de la disolución del yo. Dulce, una novicia que duda de si aceptar el camino de Dios, se enamora del primer hombre que se le cruza. Ve en él una encarnación de sus fantasías: un ser sensible que, de ser necesario, sería capaz de agresividad, de someterla. Después de conocerlo, canta “De mí enamórate”. En Dulce no hay contradicción entre la novicia y la amante porque en ambos casos el deseo apunta al mismo lugar: la disolución del yo como una forma de trascendencia. No busca una relación entre iguales; busca perderse, ser salvada, salir de los límites de una consciencia que carga, como peso, la libertad también.
En su interpretación de la canción de Juan Gabriel, Dulce imagina a un hombre chasqueando una correa. Algunos cuerpos reconocen en el golpe, más que el dolor, la intensidad, una que sube el volumen de la sensación física y apaga la palabra de aquel yo que narra y se vigila. Los insultos avivan la culpa en un placer extraño. Leyendo a Leopold von Sacher-Masoch, Deleuze decía que el masoquista dirige una escena, firma un contrato y convierte al otro en ejecutor de una fantasía. El masoquismo moral, que Freud distinguía del erógeno, encuentra en el castigo un alivio: el permiso de dejar de sostener al yo virtuoso. Desde el psicoanálisis feminista, Jessica Benjamin pregunta cuánto del deseo de rendición es “estructura psíquica” y cuánto es el residuo de una subjetividad educada en el sacrificio, la bondad y la culpa. Recibir desprecio puede eclosionar en admitirse degradable, una manera de no aspirar a la corrección. ¿Cómo la bondad no podría ser un peso, sobre todo para una novicia? Esa agresividad que Dulce, bajo sus términos, desea puede concentrar una promesa de ser llevada hasta el punto de existir sin la necesidad de ser buena. Por más que sea un acuerdo, esta transformación ocurre por la intervención deseante y sostenedora del Otro. Una consciencia de la disolución no se consigue a solas.

Freud describe aquella pulsión como una tendencia hacia la muerte, hacia la reducción de toda tensión, hacia el retorno a un estado anterior a la individuación. El misticismo la plasma en ciertos lenguajes de la fe, que se tornan nombrables o innombrables; la balada pop mantiene ese espíritu en un código del amor romántico; el masoquismo la lleva al territorio del cuerpo con reglas propias y un contrato que preserva al sujeto y simula su rendición. En todos los casos hay alguien que elige, dentro de ciertos límites, cuánto se deja perforar. La e que Daniela Romo sostiene y eleva hasta volverla insostenible es el sonido de quien intenta salir de sí mismo. Que nunca lo logre del todo, que el cuerpo necesite respirar, que el yo regrese, que Dios siga siendo cautivo y el amado siga sin voltear es lo que hace de esa vocal algo repetible. El deseo de disolución se vuelve a cantar, no se resuelve.