En cada huelga o manifestación, en especial si está organizada y liderada por pueblos y comunidades indígenas, sicofantes mal disfrazados de periodistas se aseguran de avivar las llamas del odio popular en contra de quienes reclaman sus derechos. La brutalidad de muchos de sus comentarios, que se reproducen hasta el hartazgo en redes sociales, no merece ser replicada una vez más. Sin embargo, uno de estos personajes, después de que el gobierno reprimiera con violencia inusitada la protesta social en todo el país durante un mes, y se ensañara particularmente con los habitantes de Imbabura, se aventuró a afirmar que «por primera vez, un paro indígena termina sin lograr una derrota política para el gobierno de turno. Ni siquiera simbólica».

Quizás la derrota contundente que sufrió ese mismo gobierno poco tiempo después en las urnas haya servido como un bálsamo para curar la ceguera de ese «comunicador» —quien se precia de ser facho y, cuando tuvo la oportunidad, lanzó dardos a una fotografía de Leonidas Iza— que no supo o no quiso ver que la protesta social siempre tiene consecuencias, aunque no sean inmediatas. Un famoso fotógrafo —a quien se le agradecería limitarse a capturar la belleza de nuestros paisajes en lugar de emitir sus reflexiones elitistas, clasistas y racistas disfrazadas de sabiduría—, se atrevió a comparar la huelga nacional, a la que catalogó como un levantamiento de «carácter divisivo […]. Utiliza violencia y provoca agresión en respuesta…» con la protesta de Cuenca, «tan tranquila, tan multitudinaria, con tanta fuerza en la razón…». En otras palabras, civilización versus barbarie. Seguramente, este fotógrafo debe haber sufrido gran consternación cuando la ciudadanía cuencana, que lo comprendió todo mucho mejor que él, se mantuvo en vigilia cuando el gobierno envió sus convoyes del terror hacia el norte del país.

Quisiera tener la lucidez de Nelson Reascos, quien sí merece ser nombrado, cuando explicó que «la población blanco-mestiza, y mucho menos las autoridades, no saben cómo son [los pueblos y nacionalidades indígenas], cómo piensan, cómo viven, cuál es su cosmovisión, cuál es su forma organizativa, cuáles son sus valores, cuáles son sus formas de elección de autoridades. Entonces, como la población blanco-mestiza no sabe, juzga». ¡Y de qué forma se ha juzgado en estos últimos años. Desde el temor, desde el odio y el menosprecio. Cuando no comprendemos, también damos rienda suelta a nuestra imaginación. Hay quienes imaginan el mundo de las comunidades y pueblos como aquel donde prima la barbarie, la desorganización y la ignorancia. Otros, en cambio, se extasían al inventar esa ecoaldea hippie de chamanes, ayahuasca y eterna adoración a la Pachamama… Cuándo nos daremos cuenta de las ficciones que construimos alrededor de culturas tan ricas? ¿Cuándo, al menos, reconoceremos que con la simplona etiqueta de «el mundo indígena» se pretende simplificar, aplanar y homologar la diversidad de los 32 pueblos y nacionalidades que habitan Ecuador y que hablan 14 lenguas además del español?

Mientras un pequeño círculo de intelectualoides se rasgaba —y se sigue rasgando— las vestiduras, aleteando alrededor del concepto de «lo andino» en novelas y poemas que para el mundo indígena no significan absolutamente nada (si no, basta con preguntarle, por ejemplo, a Sarawi Andrango, una poeta que también merece ser nombrada), tres manifestantes morían a manos de la represión policial. Qué duro me resulta hoy vivir rodeado por personas a las que apoyo siempre en su lucha, pero cuyo mundo, tal como afirma Reascos, no logro comprender, y aun así lo admiro, lo imagino también. Cuánto desprecio me provoca escuchar que detrás de las manifestaciones y huelgas indígenas supuestamente siempre está la mano titiritera de algún político, de los narcos, de… No importa de quién. La idea es que los pueblos y comunidades indígenas siempre están siendo manipulados por alguien más, es decir, no tienen agencia propia. No quiero repetir ideas que de seguro constan en muchos más artículos. Los fotobordados que acompañan estas líneas se posicionan justamente en ese umbral que nos separa a los blanco-mestizos del mundo indígena. No se parecen a las imágenes distorsionadas de los medios que insisten en perpetuar la idea de inexistentes seres animalescos que pretenden destruir las ciudades. Tampoco muestran a los pueblos y comunidades en entornos bucólicos, pachamámicos, turísticos. Están en pie de lucha. En resistencia constante. Eso quizás sí lo podamos entender. Seguirán luchando, con o sin nosotros, hasta que se los escuche, como ya lo han logrado en varias ocasiones y, ante todo, se los deje de temer y se los empiece a respetar.

Fotobordados: Daniela Zurita
Textos: Mauricio Montenegro